Sonora, una sociedad con Síndrome de Estocolmo

El periodista, político y filósofo italiano Antonio Gramsci describía al poder enquistado como un bloque hegemónico, un híbrido, una mezcla históricamente variable de dominación y hegemonía, esto es, el grupo dominante ejerce el poder sobre los grupos subalternos no únicamente con el control de los aparatos represivos, sino también haciendo uso del sistema educativo, las instituciones religiosas y los medios de comunicación, lo que hoy se le llama “soft power” (poder blando) al cual también podríamos agregar el poder económico empresarial, para así ejercer una hegemonía cultural y lograr el dominio más efectivo y neutralizador: el dominio de pensamiento.

Todos estos aparatos van creando en los ciudadanos una percepción de normalidad y cotidianidad, de cómo deben ser y hacerse las cosas. Posibilitan la “oposición” política hasta cierto límite, controlándola mediante la cooptación de las dirigencias de estos partidos, posibilitan el juego democrático de la elección electoral (porque el voto ha sido muy bien educado y dominado) y ciertos medios críticos; permiten las manifestaciones y protestas ciudadanas y sindicales porque son como válvulas de escape donde los inconformes liberan la presión y aligeran las tensiones, así mantienen la olla hegemónica bien aprisionada.

En este contexto la sociedad sonorense se encontraba presa de una hegemonía bipartidista (PRI y PAN) que es la encargada de producir las expresiones finales del bloque hegemónico. Es decir, estos partidos son los representantes y ejecutores oficiales del cacicazgo sonorense.

La llegada de Morena y su 4T al poder suponía un rompimiento con esta hegemonía y sus prácticas, pero sus gobiernos municipales y sus dirigencias municipales y estatal siguen replicando las mismas prácticas hegemónicas y en muchos casos han sido aliados de este bloque hegemónico.

Aunque no existen investigaciones serias de cómo y porqué somos como somos los sonorenses y cómo podemos cambiar, sabemos que nos cautiva hablarnos al espejo, pues ante nuestro vacío de ideas nos producen terror y reacciones coléricas las confrontaciones ideológicas, lo cual nos ha instalado en un letárgico reposet irreflexivo de nuestro modus vivendis. ¿Hacia donde vamos? ¿Quién o quienes nos llevan? ¿Qué queremos? ¿Para qué y por qué lo queremos?

Son ínfimos los sectores que ofrecen alternativas críticas al pensamiento dominante de esta somera cosmovisión norteña, auto seducida por su regionalismo ramplón de la carne asada y para los 45 grados ¡un chingo de cerveza! Somos de voz alzada porque imaginamos que evocamos las infernales temperaturas desérticas que queman a quien se nos pone enfrente con pose retadora. Una jactancia por demás fantasiosa que mitiga nuestra realidad agachona y aborregada.

En el ámbito empresarial es nula la innovación en términos de ofrecernos una concepción de vida alterna a la que vivimos, somos replicadores de conceptos de negocios, un capital nativo muy vinculado a los presupuestos gubernamentales y sirviente de los capitales transnacionales para repetir culturalmente desde el punto de la producción, servicios y economía, de lo que se debe hacer. De tal manera que la vida del sonorense no tiene otro sentido más que el consumismo y en los asuntos torales de la sociedad como la política y la cultura, no vale la pena inmiscuirse: “la política es un cochinero y lo cultural es aburrido y para gente muy culta, no es para cualquiera”. Una inyección anestésica al pensamiento crítico, muy efectiva para la exclusión ciudadana de la participación política.

La gran mayoría de los medios de comunicación en Sonora han vivido en una permanente pasión en concubinato presupuestal con este bloque hegemónico. La idea dominante del periodista sonorense respecto a la prensa es el negocio, la noticia vuelta mercancía que distorsiona la realidad y, como toda mercancía, se vende y se compra su envoltura. Se puede comprar al medio y al vocero o escribano que la propaga, arropando al pie de la letra la regla de oro del mercado libre: todo se puede comprar y vender. Muy alejado del concepto periodístico de George Orwell: “Periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques. Todo lo demás son relaciones públicas”.

Por su parte la clase gobernante ha abrazado convenientemente como parte del manual de comunicación social la frase del expresidente José López Portillo: “No pago para que me peguen”. Sintiéndose propietarios del presupuesto del erario, soslayan que solo son administradores y han convertido esta frase en un arma sumamente letal para el sometimiento de los medios de comunicación y estos, a su vez, priorizan el lucro sobre la ética de responsabilidad social. Así han perpetuado un estado de apariencia democrática donde la regla regidora es la simulación por encima del estado de derecho, un estado de derecho que ya no espanta a nadie, porque solo las vendettas políticas son las que castigan a aquel alfil político que quebrante no las leyes que emanan de la Constitución, sino las normas impuestas por el bloque hegemónico.

La hegemonía política, cultural y de pensamiento a la que hemos sido subyugados, es parte de lo que ha provocado que en esta entidad las desigualdades económicas se ensanchen y las oportunidades culturales se estrechen. Pero los ciudadanos sonorenses podríamos encontrar una esperanza en lo que el filósofo francés Michel Foucault nos dice: “donde hay poder hay resistencia al poder”.

¿Por qué no iniciar una resistencia activa? Una que implique un desarrollo de todas las fuerzas que posibiliten el enriquecimiento humano y material, mediante una mayor organización y participación ciudadana en las agendas políticas.

Las asociaciones civiles tendrían que sacudirse su sopor de tibieza, para montarse en una intensa estrategia de comunicación que convoque la alianza ciudadana para exigir verdaderas rendiciones de cuentas, así mismo tomar posturas verosímiles y frontales de contrapeso ante las estructuras gubernamentales y, ¿por qué no? el apoyo ciudadano al fortalecimiento de las militancias de base de los partidos políticos para que hagan valer su condición democrática, que sea la ciudadanía quien verdaderamente decida con su voz y voto sobre la vida interna de los partidos, para que ayuden a Sonora ha despojarse de las cadenas que nos atan a este decadente Síndrome de Estocolmo con el sistema hegemónico.

Por: Aarón Tapia, Hermosillense, amante del sarcasmo y de la
buena polémica para el debate. Conductor de La Tertulia Polaca/Ensalada de Tópicos.

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