La felicidad, cosa tan rara

Por Sylvia Teresa Manríquez.

Pasar cinco años restringido a un solo lugar es un castigo. Cuando esos años incluyen pasar de la adolescencia a la juventud es todavía más duro, porque la vida cambia, tanto en el desarrollo físico como la situación social, económica y política fuera del lugar donde está internado.

Se ingresa siendo niño y se egresa siendo joven, con la necesidad y obligación de enfrentar a un mundo que es distinto al que dejamos.

Reflexioné sobre esto mientras esperaba a Ernesto, el joven que me tocó acompañar en sus primeros pasos en libertad. Gracias a su decisión y esmerado buen comportamiento logró reducir su condena dos años.

Suelo decir que lo importante de ayudar no es dar por dar, sino dar lo que la otra persona necesita. Porque podemos dar fácilmente lo que me sobra, pero desprenderse de algo que necesitamos para compartirlo con quien lo necesita con urgencia, es verdaderamente difícil.

Entre esas cosas que nos cuesta dar se encuentra el tiempo y la compañía. Acompañé a Ernesto cuando pudo pisar las calles nuevamente. Estuve con él tan solo unos minutos; cuando nos presentaron dentro del ITAMA, cuando le entregaron algunos textos engargolados en la copia de los trabajos que él y otros compañeros redactaron en el taller de creación literaria.

Estuve con él cuando entregaron los documentos que le dan identidad y pertenencia pues dicen que nació en Sonora y que tiene familia. Le entregaron también un poco de dinero para enfrentar cualquier gasto urgente.

Le fue devuelta la libertad que, estoy segura hoy le sabe distinta a cuando tenía 16 años y fue detenido.

Reflexioné en el privilegio de ser uno de los primeros rostros que ve en su nueva libertad. De estar con él en su egreso, comprar un boleto de autobús y acompañarlo para tomar camino rumbo a la tierra que lo vio nacer.

Sin mucho tiempo para charlar, pregunté breves cosas. ¿Te gusta escribir? Ahora sí, escribo ficción. ¿Sabes que ayer fue Día de la Felicidad? No. Yo agrego: Que mejor manera de celebrarlo que con tu sonrisa.

¿Qué vas a hacer ahora, estudiarás? Sí, adentro empecé la preparatoria abierta y así la terminaré. Quiero ser sicólogo. Me gustaría ayudar a los niños que estuvieron como yo en el ITAMA; la sicóloga me dijo que yo puedo hacerlo.

El joven no puede disimular la felicidad de estar libre, sonríe siempre. Tiene el cabello muy corto y su pantalón, camiseta y tenis son nuevos.
Reflexiono. Si como dice Kant, la libertad es un deber ¿de quién o de qué depende que todos podamos acceder a ella?

En el portal de la ONU encontré un concepto interesante: “Felicidad Nacional Bruta, FNB”. Se originó en Bután, un pequeño Reino ubicado en la cordillera del Himalaya, en el sur de Asia, entre China y la India, sin salida al mar. A inicios de la década de los 70, su jerarca, el Rey Dragón IV, con tan solo 16 años de edad, dijo que la filosofía de su gobierno sería hacer felices a sus súbditos, para ello creó el parámetro FNB.

Felicidad Nacional Bruta se utiliza en algunos países como complemento del PIB, Producto Interno Bruto. Se calcula midiendo nueve puntos: bienestar sicológico, uso del tiempo, vitalidad de la comunidad, cultura, salud, educación, diversidad medioambiental, nivel de vida y gobierno.

Además, la ONU ha propuesto 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, buscando frenar la pobreza, la desigualdad y cuidar al planeta, tres grandes problemáticas que amenazan con convertirse en tres grandes hoyos negros si no logramos detener su avance desmedido, y con ello la felicidad de los habitantes de este planeta.

En las encuestas internacionales sobre la medición de la felicidad por países, el nuestro ha ido bajando de nivel, pasó del lugar 17 al 25, según el reporte de la agencia “Desarrollo de Soluciones de Redes Sostenible”, publicado por la ONU.

Según el estudio anterior, los países más felices son los más prósperos, aquellos en que sus habitantes tienen fe en su sociedad, la desigualdad es baja y la confianza en sus gobernantes es alta. Características que más parecen anhelos que realidad, en este país.

Sin embargo, acompañar a Ernesto me recordó que la felicidad se esconde en la sonrisa esperanzada de quienes se reencuentran con la libertad. Es la misma esperanza que tenemos todos de caminar sin miedo, disfrutar del amor, sentirnos seguros, capaces de salir adelante y proteger a nuestra familia.

La misma esperanza que amenaza con diluirse en una realidad tachonada de injusticia, desigualdad, corrupción, prepotencia e impunidad.

Retomamos la propuesta de Immanuel Kant: Ser felices es un deber.

Postdata: Gracias Mara Romero por tu fe infinita en la solidaridad humana.
Felicidades Ernesto, ya sabes: siempre adelante.

@SylviaT Correo: sylvia283@hotmail.com

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