De vórtices polares: un jaque continuo

#DíasdelFuturoPasado Volumen Siete

La semana pasada las bajas temperaturas de hasta menos 55 grados Celsius que se dieron en el norte de los Estados Unidos y el sur de Canadá puso de nuevo al cambio climático en la mira de los medios de comunicación masiva.

Como siempre, plantearon el fenómeno como si fuera un hecho aislado del modelo de producción-consumo, desde un análisis poco serio donde le dieron más importancia a los chistes y comentarios vacíos, provocativos y sin sentido de Donald Trump que a la realidad que tenemos encima: una realidad climática que ya nos alcanzó y por la que debemos aprender adaptarnos a las nuevas condiciones modificando muchas de nuestras actitudes al día de hoy.

Pero vamos por el principio: ¿Qué es un vórtice polar? Bien. Los vórtices polares son fenómenos naturales que ocurren en nuestro planeta desde hace millones de años; han sido partícipes directos de las otras glaciaciones que han ocurrido y se dan por una baja presión en las corrientes de aire. Estas corrientes forman remolinos de aires fríos que, dependiendo de las condiciones climáticas de las zonas donde ocurran, pueden alcanzar muy bajas temperaturas congelando toda la naturaleza a su alrededor.

Digamos que los vórtices polares son huracanes de aire frío. Estos ocurren de forma regular, no es un fenómeno anormal y no son necesariamente malos. Al contrario, en un planeta en equilibrio son parte de ese equilibrio. Sin embargo, al igual que los huracanes en el antropoceno (época en la que vivimos actualmente) estos se han vuelto mucho más duros e intensos.

Esto se da por dos razones principalmente: la primera tiene una relación directa con el cambio climático: el aumento de las emisiones de los Gases de Efecto Invernadero producto de la actividad industrial de esta época. Esta acción ha generado un comportamiento desordenado de las corrientes de aire que dan como resultado una mayor intensidad en las presiones de las corrientes, tanto en las temperaturas como en la fuerza que se presentan. En el caso de los vórtices polares se da una baja de temperatura tal que en las ciudades que están dentro de su zona de influencia se genera un riesgo mayor. La vida humana de forma natural no puede sobrevivir a temperaturas menos de los menos 15 grados Celsius. No es necesario decir más sobre esto.

La segunda es que –al igual que con los huracanes- la devastación ambiental, el desmedido crecimiento de las ciudades (urbanización salvaje) la pérdida de las barreras naturales que nos protegían de estos fenómenos nos ponen en gran peligro. Al no tener como protegernos de estos fenómenos de forma natural, la desigualdad, la inequidad, la división de clases hace que estos costos ambientales lo paguen las poblaciones más vulnerables, naturaleza incluida.

A la par de este fenómeno, al sur del Ecuador las altas temperaturas alcanzaban hasta los 50 grados Celsius. Esto tampoco es algo anormal o no debería serlo si pensamos que por ejemplo el Desierto de Sonora alcanza esta temperatura cualquier día de verano. Lo que sorprende en que se dio en zonas donde éstas temperaturas no se presentaban desde la última glaciación, lo que es un indicador directo de que el clima está totalmente desordenado y sin control.

La simple razón es que vamos perdiendo nuestros “controladores del clima” naturales como son los océanos que entre la acidificación, los deshielos de los polos y el calentamiento de las aguas están desubicados, sin poder hacer su trabajo de mantener el clima en equilibrio.

Más allá de lo rescatado por los medios de comunicación o de los comentarios sin sentido, ignorantes, provocativos del demonio anaranjado, es importante tener claridad en los aumentos de estos fenómenos y su significado. Negar el cambio climático no solo es irresponsable, es criminal, lo es igual seguir fomentando el modelo de producción-consumo hegemónico que nos tiene en un jaque continuo.

Necesitamos con urgencia medidas de adaptación que partan de una visión ecosistémica, comunitaria y no mercantil, antropocéntrica. Estamos al borde del colapso civilizatorio, donde la única alternativa real que tenemos es decir: No más a este modelo de producción-consumo, no más de este sistema.

Ante la inminente extinción lo que se nos presenta como alternativa es la rebelión, pero no una violenta, sino que parta de una transición justa, ecosistémica, comunal o los vértices polares son de lo que menos tenemos que preocuparnos.

Ex – Distrito Federal, febrero del 2019

Por Jorge Tadeo Vargas, director de LIDECS.

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