Author Archives: Jonathan Maldonado

#AMexicanEducationStory:  Soy Jonathan, tengo 26 años y no sé dónde queda Tamaulipas

#AMexicanEducationStory: Soy Jonathan, tengo 26 años y no sé dónde queda Tamaulipas

Columna: Todas las respuestas sobre el cuidado de plantas de balcón

Hola, mi nombre es Jonathan y no, no estoy hasta la madre de la preparatoria, ni pienso que mis profesores se creen la verga porque cuidan un kínder llamado salón de preparatoria; tampoco planeo escribir en esta columna sobre mi desafortunada ignorancia geográfica, que mira que eso da para un libro entero, con el título: Zimbabue, -¿eso no es una fruta?-

Este versículo de mi columna con el título extenso la dedicaré a un tema que siempre me ha tenido espantado: la educación en México, vista desde mi experiencia como estudiante, porque aún no hay ninguna escuela que me pague un quinto por hacerla de maestro, desgraciadamente. Este es el primer síntoma que muestra que la educación en el país no es una cosa de lujo, la falta de un Jonathan Maldonado en sus cuerpos básicos.

La segunda es Elba Esther Gordillo, que de momento, no se sabe si está en la cárcel, en su casa o en Las Vegas, comprando bolsos y poniendo botox para cubrir la imperfección que ella llama rostro. Recuerdo que, meses antes de que empezara el circo de su detención, la politóloga mexicana Denise Dresser dijo en un programa que, lo mejor que le podría pasar a México es que esa señora se muriera.

Su comentario levantó mucha polémica en el plato y llegó hasta los hijos de la señora, quienes se mostraron indignados ante las declaraciones, hasta que para saldar la polémica, Gordillo le mandó una rosa a Dresser pidiéndole borrón y cuenta nueva.

Sin embargo, lo que dijo Dresser no es algo que deba de opacarse por haberse pasado de la línea y pedir su cabeza. Gordillo ha controlado la educación desde 1989 (casi 5 sexenios) y aunque reconozco que no es la única culpable, su ineptitud y egoísmo son un reflejo de lo que hace cada eslabón del sistema educativo, que luego se vuelven en los eslabones que mueven a la sociedad.

No creo que sea un problema de capacidades. México no es ningún país con carencias en capacidades, sino un país en donde se han subestimado las mismas y carecen de reconocimiento, no son enfocadas de una forma correcta, por ende, no hay compromiso ni interés en formar el sistema educativo que merecemos.

Esta responsabilidad no recae en el poder sindical de esta mujer (o alienigena), no en los maestros, no en los alumnos. Recae en todos.

Hablemos de mi propia experiencia, que es lo que tengo más a la mano: mi nombre es Jonathan, tengo 26 años, si bien fui alumno de “10” (si es que eso importa en algo), cuestiones básicas como la ortografía, la literatura o historia, no me interesaron durante la primaria, secundaria y preparatoria. No al menos en cuanto a lo que veía en un salón de clases.

Salvo algunas excepciones, que son oro en medio de la podredumbre, he tenido muy pocos maestros involucrados. Quizás todos eran profesionistas frustrados o estaban ahí por el dinero, para la plaza y para ser algo, que nunca quisieron ser.

Durante toda mi educación preuniversitaria, jamás salí de los mismos temas de español básico, uso de los acentos, el uso de la g y la j, que es un mito, que es una leyenda y qué es un cuento, era como ver el mismo capítulo de la serie de Netflix una y otra vez, jamás se exigía 

más, nunca existió una intromisión en la clase al sentido de la literatura hispanoamericana, o nunca vi ninguna asignatura de contenido lingüístico que explique el porqué de las reglas ortográficas o sintácticas que permitieran a un ser humano común escribir verdaderas cartas, cuentos o escritos académicos.

En mis clases de francés, en la Alianza Francesa, me dijeron que los franceses escriben

cartas para todo, para solicitar empleo, para renunciar, para solicitar servicio de cable o para registrar una queja bancaria. En México, desde la llegada del messenger en el 2000, las personas dejaron de escribir cartas de amor, que es, a lo más que llegaba nuestros poderes de redacción.

Personalmente, me regañaban por no usar bien las comas y acentos, pero nadie se interesaba por por formar un criterio personal, por pedirnos que articulemos argumentos más allá de un sí o un no, que hay de provocar en los alumnos un interés hacia la materia que imparten, por gusto, porque, hasta lo que se, la Secretería de Educación Pública (SEP) no les pone una pistola en la cabeza para que se encierren con personas en un salón de clases a hablar sobre Alejandro Magno o las capitales del mundo.

Sobre todo, creo que hay con involucrarse y decirle a un alumno con posibilidades para las matemáticas o para el español cuales son las opciones que tienen para desarrollarse como pueden. ¿Qué pasaría si los maestros aprendieran a identificar a los alumnos problema y enfocaran su energía en otros campos?

Quizás si dejáramos de ser números de lista para nuestros maestros y para las instituciones académicas o incluso para nosotros mismos. Si nos concentramos en ser personas en vez del número 15 o el número 16.

Quizás si dejáramos de ser el número de nuestras calificaciones, que, se supone regirán toda la vida, pero la verdad es que poco dice de ti si tienes un 10 o un 5.

Quizás si dejáramos de ser una cifra económica, la de la colegiatura, si dejáramos atrás la idea de que la educación es un negocio y pudiéramos concentrarnos en aprender.

En este punto, no es sorprendente el nivel de universidades patito que ha salido al mercado últimamente. Me da mucha risa y tristeza, ver como en las salidas de las universidades públicas, el día de los resultados, hay personas de relaciones públicas de estas instituciones repartiendo folletos a los rechazados.

¿Se ha puesto de moda estudiar la universidad?

Actualmente hay universidades a cada esquina, una avalada por tal o cual sistema inglés, francés o canadiense (porque desde Trump, Canadá es el nuevo sueño americano, al menos para la clase media que aspira a ser alta), todos dentro de la SEP, obviamente.

Las universidades, sobre todo las de paga, se han vuelto un negocio en donde es mejor perder horas, dinero y capacidad mental, estudiando una de sus “carreras rápidas en cuatrimestres” que no estudiando en absoluto.

Una amiga siempre dice, las personas que van a la universidad son las que necesitan aprender algo. Quizás la universidad, y el ambiente académico en general no es un lugar donde todos deberían de buscar vida. ¿Por qué forzarse a sobreproducir administradores de pequeñas y medianas empresas?

La educación, más que un nivel académico, es parte de un sistema de castas en donde, después de la universidad pública, todas las demás personas compiten por estar en la universidad más cara, o al menos en la que sus posibilidades les permitan. Lo importante es el título, pues se ha esparcido el rumor de que es de pobres no tener una carrera, la que sea y como sea; y peor, es de marginales tener preparatoria trunca.

No digo que apoye a la Mars (si es que sigue siendo relevante esta referencia) en su ‘decisión’ de salirse de preparatoria, y meterse condones por la nariz, pero, ¿por qué pensar que la universidad cambiará nuestras vidas? ¿qué tal que estamos cortando las posibilidades del campo de México para crear una generación de doctores, ingenieros y licenciados, todos desempleados, o taxistas o vendedores de pozole en domingo?

El punto no es ser clasista y decir que existen personas para la universidad y personas para el campo, más bien es darle la oportunidad a todos de estudiar hasta donde quieran, pero, sin discriminar a nadie que ha decidido dedicarse a otra vida fuera del ambiente escolar. La educación no define en dónde terminarás, tan simple como eso.

En mi generación había una mayoría de alumnos monosílabos-repetidores, ¿saben de cuáles? De esos que su respuesta es un sí o un no, o esperan a que alguien, muchas veces el profesor, responda la cuestión para repetir después de ellos lo que dijeron. No hay debates y no estamos formando nada más que ovejas, adiestrando humanos que se limitan a seguir el flujo.

En mi experiencia y algunos de mis amigos, estudiando en el extranjero, siempre los mexicanos ponemos más empeño en nuestros trabajos. Pero, también quedé sorprendido en la capacidad de debate, de interrogación y refutación contra el profesor. Las clases eran un campo de batallas, en donde no sólo existía lo que decía el que estaba frente, sino miles de versiones de las personas que atendían la clase.

Los alumnos, en este punto, somos los culpables de no crear lo más importante que se debe de crear en un mundo académico, no, no son hojas y hojas de ensayos, trabajos e investigaciones, son ideas, teorías, conceptos, teoremas, innovaciones, descubrimientos.

Ideas diferentes que, al menos en el sistema de educación mexicano, se esmeran en sobajar, para seguir con el adiestramiento dentro-de-caja. Esto pasa en la actualidad desde edades muy tempranas, como el hijo de una amiga, que en primer grado fue diagnosticado con “exceso de imaginación” por la psicóloga escolar y por la maestra de educación especial, tras preguntarse en voz alta cuánto mediría la cola de un cocodrilo de aquí hasta la luna.

Las maestras pensaron que era un delirio y decidieron llevarlo al psicólogo y hablarle a la madre.

Otra amiga fue llamada por la maestra, porque su hija (de cuarto de primaria) había hecho algo muy malo: estaba dibujando y además de aplicar los colores que no eran “correctos” se salió de la línea mientras dibujaba.

Mi maestro de maestría (y tutor de ese momento), nos advirtió al principio de la clase que no deberíamos de ir ebrios a sus sesiones. Era a las 7 de la mañana. Tras 2 semanas de verlo cantar huahuancó, acosar a nuestras compañeras cubanas, molestar a mi amiga venezolana diciendo que lo mejor de Venezuela fue Chávez y Maduro o insultando a las mujeres y a la comunidad LGBTT, comprendí por qué personas necesitaban estar colocados para sobrevivir su clase.

No dudo que, todos estos maestros sigan dando clases, culpen a sus sindicatos o a que los padres o los alumnos no hacen mucho para cambiarlos. Pero siguen ahí, viviendo una vida miserable, casi al nivel de secretaría del Seguro Social, quejándose porque quieren hacerles pruebas de aptitudes, en vez de exigirse ser mejores cada día.

Estoy seguro de que no es una mala idea aplicar exámenes de aptitudes, ser maestro es una responsabilidad enorme, al igual que ser político o presidente de la república, personas a las que también se les debería de pedir algún examen de capacidades y aptitudes para el puesto.

Y ya estando, otro para medir sus niveles de demencia senil.

La vida académica no puede sobrepasarse sin construir paraísos académicos artificiales, ser autodidacta, lo cierto es que el internet no te deja ninguna excusa para ser ignorante. Ya si prefieres serlo, no es culpa de ningún sistema, sino de tu propio interés, reconocimiento, compromiso y dedicación.

Necesitamos personas más involucradas con su trabajo, tanto de maestros, como de alumnos, personas que vean el trabajo como algo más que una plaza de por vida, necesitamos profesores que no vean a la educación como negocio o como un hastío, sino como una profesión, su profesión, en donde cada día es una oportunidad para poder transmitir conocimientos y más que eso, inspirar a los jóvenes a lograr algo más de sus vidas.

Necesitamos cambiar de actitud y hasta que eso pase, seguiremos viviendo en un triste capítulo de La Educación, una historia de horror mexicana.

Todas las respuestas sobre el cuidado de plantas de balcón: Versículo III: URL Bad-Hombre

Todas las respuestas sobre el cuidado de plantas de balcón: Versículo III: URL Bad-Hombre

Por Jonathan Maldonado.

Hace aproximadamente un mes murió Bimba Bosé, conocida en México por ser la sobrina de Miguel Bosé, admirada por mí por su carrera como modelo, cantante, actriz y celebriti española, sobre todo, por su personalidad y estilo andrógino que servía de maravilla para modelar en la pasarela de David Delfin y cantar junto a Alaska y Mario, al final de la misma. Bimba es para mí una más de las representaciones de como lucirá el humano del futuro, cuando todas estas cosas sobre sexualidad, género y etiquetas se caigan de una vez por todas y podamos ser libres para ser como queremos ser.

Sin embargo, los comentarios desatados en twitter tras la muerte de Bimba, me deja muy claro que esa libertad que imagino es un discurso aún muy lejano para la actualidad. Incluso de los avances de la humanidad, como las redes sociales son el ejemplo de un retraso en ese futuro de inclusión cuando son usadas como la ventana para desplegar cadenas de odio y discriminación, lanzarlo al mundo desde el anonimato y la seguridad de una computadora o smartphone. Como el caso de Bimba, he visto varios comentarios nefastos contra personas o grupos étnicos, que se contraponen a la idea de integración, para descubrir que el odio sigue ahí, latente, esperando junto a las mochilas de plástico o las hombreras para volver a estar de moda.

El internet funciona como cuna para albergar a un sinfín de expresiones muy variadas que nos dan la idea de una inclusión y aceptación total de identidades, sin embargo, dentro de este cúmulo de información que se maneja en internet, existen varias opiniones que parecen indicar que, en vez de ir caminando hacia la empatía, estamos viviendo un retroceso, una vuelta al fascismo disfrazado de “una opinión personal, como la tuya”.

En dado caso, esto supone duro el despertar  de esta burbuja de empatía que se veía tan tangible, por ejemplo, en la  era Obama cuando en cualquier lugar del mundo (salvo la Rusia de Putin) los principales edificios eran iluminados con la bandera del arcoíris, dibujando un espejismo de unidad, integración y solidaridad, sin embargo, antes de las calles, el internet sirvió como plataforma para expresar anónimamente las incomodidades de este buen rollito hacia las minorías, que por un momento parecíamos llevar el gane: temas como los migrantes o refugiados, el feminismo, la homosexualidad, los musulmanes o el peso de Britney Spears son lo necesario para empezar una red de mensajes, comentarios, memes, blogs y vlogs donde todos descargamos un poquito de mala leche y poco a poco, tweet by tweet vamos construyendo de nuevo los muros para dividirnos.

Hoy la Casa Blanca ha vuelto a ser BLANCA. Desde su interior, un diminuto ser con un teléfono anticuado (el teléfono y el individuo), consigue preámbulos de guerra con que a cada tweet que publica. Cada tweet de Donald Trump no hace más que debilitar la estabilidad política de su país, desatar alguno que otro conflicto o malentendido mundial y de vez en cuando cargarse la economía de México. Sin embargo, qué es Trump sino una representación empoderada del odio que se manifiesta en cualquier lugar del mundo donde exista una computadora o un spartphone conectado a internet y una persona enojada que lo controle para despotricar contra algo o alguien, de lo más diminuto, a lo más importante, listo para defender su punto de vista, sin fijaciones de las pluralidades del mundo, o de las leyes básicas de la gramática y ortografía.

Quizás aún no somos lo suficientemente maduros para abogar por la empatía, o lejos de eso, no estamos a un nivel de evolución necesario para que nos dé exactamente igual si alguien en Uganda quiere abortar o si una chica en Francia quiere ponerse un burkini para ir a la playa, sin que la red explote de comentarios, burlas que muchas veces traspasa la simple línea de la opinión personal para convertirse en odas al machismo, la intolerancia y la violencia cibernética.

Más, ¿cuál es el encanto hablar mal de alguien en las redes? ¿Cuál es el premio por criticar y destruir la imagen de alguien? ¿Qué ganan las personas que deciden dedicar un minuto de su tiempo en escribir en menos de 140 caracteres mensajes de odio en contra de una religión o personalidad de la televisión? ¿Por qué todos tenemos esa necesidad creciente de echar nuestra mala leche en el internet? ¿Cuál es la línea de divide un comentario sarcástico y de humor negro con una ofensa grave a la integridad de otra persona? ¿Se debería de penalizar la violencia cibernética de la misma manera que la violencia física? Y sobre todo, ¿Serán las tías con sus mensajes de “Qué guapo está mijo” las encargadas de poner un contrapeso al odio y distopía electrónicas? Si es así, ¿Deberíamos de contratarlas, como plantas cibernéticas para mejorar el aire que se respira en internet?

La migración de la vida física hacia las plataformas virtual es una constante, un movimiento de ideas, pensamientos, gustos musicales o frivolidades del día a día, la red nos da la “libertad” de compartir cualquier cosa para que el mundo entero lo vea, comunicarse con cualquier persona dentro de la red o crear un desdoblamiento de identidad para convertirnos poco a poco en el avatar que siempre quisimos ser. Yo estoy muy a favor del papel de la red como una construcción artificialidad y el desdoblamiento de la realidad, sin embargo, más allá de las selfies en los sillones o de los videos de gatitos graciosos, el internet también es el medio perfecto para distribuir noticias falsas o para cualquiera que esté dispuesto a creer en el encabezado, también es la herramienta de grupos reaccionarios para difundir sus cadenas de odio y sus mensajes de “supremacía social”.

Y es así como la libertad que tenemos nosotros para compartir la fotografía de nuestra mascota y poner 20 hashtags es la misma libertad que tienen los grupos extremistas para compartir sus ideales, para insultar y opinar sobre cualquier tema en un blog de noticias. Al final de cuentas, esta es la gran ventaja y desventaja de las redes, ser el medio de expresión más democrático que ha existido, donde cualquier ente puede opinar sobre cualquier cosa, sin reparo en la veracidad de su información o sin la ética necesaria para razonar antes de subir un mensaje o compartir un meme o video que denigra, directa o indirectamente a algún individuo o grupo de individuos.

El odio como ideología no es algo que viene a cuenta desde las redes sociales, si bien, ahora parece más constante y normalizado el bullying on-line, el cyberodio es una mutación virtualizada de algo que vamos cargando los seres humanos desde siempre. El odio es esa partícula que todos cargamos dentro pero que nos resulta penoso aceptarla, es por eso que la negamos como sociedad, hasta que llega algún Hitler o Trump para encender unas chispas que desata un incendio de intolerancia y violencia contra algo que resulta diferente, por ende, equivocado.

¿El odio es miedo a lo desconocido? ¿El odio es miedo a lo mal-conocido? Entonces el odio es la herramienta y filosofía de la ignorancia. Qué pasa cuando este odio se vuelve una ideología y avanza de las redes sociales a las calles, a los campos de guerra y desata holocaustos. Quizás con la muda de nuestro mundo rumbo al internet, las redes sociales son otra guillotina anónima para cortar las cabezas  con la excusa de que un tweet es inofensivo, sin embargo, dicho mensaje sólo es la prueba de que existe una ignorancia creciente, que desata en intolerancia.

Tratar a un tweet, como una guillotina suena algo ridículo cuando se habla en voz alta, sin embargo, el peso mexicano se balancéa en torno a los tweets de Donald Trump, además de otras cosas que se desbalancean cada que este anciano se escapa de su niñera y agarra su viejo celular. El odio, al igual que las páginas de DIY o la pornografía han encontrado su cuna en las redes sociales, pero a diferencia de estos últimos, éste promueve una ideología separatista que impulsa a la violencia y a la vez a la imposibilidad del diálogo, para construir una ideología que concibe a la discriminación como defensa de lo propio, una elevación cegada de nuestros ideales que nos lleva a juzgar e insultar cualquier cosa que nos resulte extraño. Es odio lo que muchas veces en redes sociales se disfraza de comedia o humor negro, sin embargo, no se sabe cuáles son la frontera entre comedia y violencia, baja hacia las escuelas, convertidos en campos de guerra, donde la tecnología es otra manera de humillar y separar a las personas y hacerlas sentir inferior.

En un terreno legal, éste tema ha llegado a activar una preocupación en los gobiernos, quienes mencionan la obligación de los dueños de las redes sociales sobre la obligación que tienen estos a censurar y eliminar contenidos violentos, mensajes fascistas o noticias falsas. En recientes días, por ejemplo, en Alemania la canciller Angela Merkel promovió una ley para responsabilizar a Facebook y Twitter de la información que circula en su red social, argumentando que si bien, es un medio por el cual circula una innumerable cantidad de contenido, entonces debería de aceptar las responsabilidades que conlleva, por ser un medio de comunicaciones como cualquier otro periódico o televisora al transmitir información falsa o apologías de la discriminación.

La propuesta menciona una multa de 500 mil euros por  no atender y eliminar cada caso de contenido sospechoso y violento de las redes sociales, y también una multa a quien subió dicho material a su cuenta. Esta medida viene tras revelarse un estudio que muestra que tanto es el material eliminado de las redes sociales por ser sospechoso, en donde Twitter se localiza con un 1% de contenido denunciado, Facebook con un porcentaje de 39 %, muy por debajo de Google, quien alcanza un 90% de eficacia para eliminar contenidos denunciados por los usuarios.

A esto, la empresa de Zukenberg mencionó que se siente muy decepcionado por los resultados de dicho estudio, y se comprometió a poner en marcha estrategias para la revisión de contenidos ofensivos, y eliminar los mensajes de odio de sus redes sociales, promesa que ha intentado cumplir al anunciar a la brevedad posible el lanzamiento en Alemania de un sistema para mejorar su asertividad ante dichos mensajes de odio y noticias sospechosas, a la par de la contratación de más personal para analizar personalmente los casos de dichas renuncias.

Estas medidas sugeridas en Alemania, vienen a hablarnos de la preocupación real del gobierno ante las redes sociales, tras ver el nivel de pertinencia que tienen hoy por hoy en el proceso democrático o a la credibilidad de tal o cual candidato, pues las redes tienen en mayor inferencia que cualquier televisora o periódico de renombre. Un ejemplo de esto, es lo ocurrido con las elecciones en Estados Unidos, donde una de las causas de la pérdida de la candidata republicana fue precisamente las noticias falsas (o verdades alternativas) que se desplegaron en las redes sociales, mismas que vinieron a debilitar su imagen y por ende, comprobar que lo publicado en internet, más allá de su veracidad, impacta realmente en el voto de los ciudadanos.

De esta forma, el gobierno encuentra en la censura y castigo la respuesta ante la problemática de las redes sociales, sin embargo, no estoy tan seguro de si estas tácticas frenarán el odio y las calumnias en internet o si sólo funcionarán para crear nuevos canales más indetectables o sutiles para continuar con el odio y la discriminación, mientras que dicha censura en verdad representa un retroceso en la libertad de expresión y a ese sentido democrático al que me refería en párrafos anteriores. Ante esto, hay que preguntarse, ¿qué pasará cuando el odio, al igual que en la tele o los periódicos sea censurada de las redes sociales e internet? Sólo encontrarán otra válvula de escape para hacerse notar, porque en este caso, no se ataca al odio, sino a la plataforma donde se exhibe, paulatinamente, este mutará y se apoderará de otro medio para hacerse notar.

Sobre las redes sociales, el sociólogo de Ciudad Gótica, Zygmunt Bauman dedicó sus últimas entrevistas a filosofar sobre la imagen de las redes sociales en esta realidad líquida que vivimos. En una de ellas otorgada al País en enero del año pasado, menciona  que “Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa”. En otras entrevistas más recientes, el escritor menciona que las redes sociales se sustentan por nuestro miedo a la soledad, por ende somos solitarios eternamente conectados.

Si se toman las palabras de Bauman, debemos de entender el hecho de que las redes sociales, en vez de unirnos con otras culturas y personas, nos encierran cada vez más en una soledad y en un abismo donde no existe la posibilidad al diálogo, puesto que nadie está dispuesto a cambiar de opinión sobre sus temas. En este caso considero su opinión, sin embargo, no creo que las redes sociales como plataforma deban de ponerse en el paredón de fusilamiento por todo lo que las personas escriben ahí, si no existieran seguro se encontraría otro medio para difundir la filosofía del odio.

Como con cualquier otra adicción, las redes sociales no son dañinas por sí mismas, sino por el mal uso que se les da. Por ende, pese que a la solución más fácil sería censurar a las redes sociales o multar a los mensajes de odio, esto no hará que el racista cambie sus ideales fascistas, sino que los reprima hasta que no le quede otra alternativa más que explotar. La solución más profunda está en la educación, en la cultura que se impone a cada individuo para hacer uso correcto de las redes sociales y de su derecho a expresar su opinión. Porque como lo he mencionado anteriormente, la ignorancia es la puerta hacia el odio, es el primer paso hacia la discriminación y la violencia de género, la educación social será en este caso, la manera de avanzar a delante, rumbo a ese mundo que siempre Bimba me ha hecho sonar.

Como solución personal, yo me dispongo a seguir las enseñanzas y concejos de Yoko Ono (otra mujer injustamente odiada), quien en su obra Pomelo (Libro de instrucciones), propone una forma de rescatar la paz, empezando por pequeñas acciones, ¿Qué tal si durante 15 minutos no hablamos mal de nadie? Y después de esos 15 minutos, podríamos intentar no decir nada malo de alguien en una hora, un día, una semana, un mes, un año, y de ahí, que tal si probamos no twittear nada malo de nadie, nunca.

jonathanmaldonado.nm@gmail.com

Who run the world? OLDS

Who run the world? OLDS

Por Jonathan Maldonado.

El mes pasado que escribí sobre el sistema democrático toqué por encima el tema entre la lucha generacional entre los jóvenes y los viejos, más no desarrollé a profundidad  por miedo a sonar fascista y discriminador con un sector poblacional que sin mi ayuda ya es discriminado en distintos lugares, como las discotecas y la bolsa de trabajo, por ejemplo.

Sin embargo, parece ser que en un ambiente político, las personas mayores se han hecho del poder, para tomar decisiones que quizás para ellos y su mentalidad funciona, sin embargo no representan el esquema de necesidades para la mayoría de la población, cuya media de edad es de 26 a 35. Las generaciones jóvenes son excluidas y en parte marginadas por un sistema político en donde carecen de representación. A continuación me gustaría abordar dos caras de la democracia en función de la edad, la primera en referente a los votantes, la segunda en cuanto los servidores públicos.

Cuando inicié a escribir, recordé a un capítulo de Los Simpsons (quienes, al parecer, son los Nostradamus de los postmodernos) que trata de un toque de queda que imponen primero los adultos sobre los niños, quienes inspirados en Los chicos del maíz deciden vengarse de los mayores y contar sus más sucios secretos en una cadena de radio clandestina. Al final terminan con uno de esos musicales sin gracia donde se desarrolla una pelea generacional, para concluir con una participación de los ancianos, quienes deciden poner un toque de queda a cualquiera menor a 70 años para ser ellos los que se queden con la calle, mientras el resto pasaba sus noches encerrados dentro de sus casas.

Dicho capítulo, me recuerda a lo que sucede en un ejercicio político, donde se abre una brecha generacional entre los presidentes y sus gobernados, existiendo un desfase ideológico entre los ciudadanos jóvenes y los mayores, una exclusión del primer grupo sobre las decisiones del segundo, quienes basándose en ideales antiguos construyen un presente y un futuro que quizás no serán capaces de presenciar y al final de cuenta, los que cargarán con dichas decisiones y consecuencias serán las generaciones venideras.

Este tema no es nuevo, sin embargo, actualmente hay varios factores que lo traen a juego, la entrada de los medios digitales y la época virtual, propone un alejamiento no sólo tecnológico sino referente al estilo de vida entre las personas mayores y los millennials, término que al parecer se utiliza de forma despectiva para referirse a una generación que vive enfrascada en una existencia virtual y en un sistema de vida hedonista y despreocupado. Sin embargo, la presencia de las nuevas tecnologías propician que pase de moda el pensamiento de pasotismo político (no sustentado en la anarquía o en propuestas anti sistémicas, sino en simple apatía política), trayendo consigo una participación y una formación libre de los ideales políticos de las nuevas generaciones, quienes buscan un cambio que presente mejores panoramas posibles para el futuro.

Los jóvenes tienen ahora la necesidad de hablar por sí mismos y decidir sobre el quehacer político del país, sin embargo, existe aún una duda social entre sus capacidades para llevar a cabo esta responsabilidad. En México, por ejemplo, sorprende la forma en que fue recibida la propuesta lanzada por el Partido de Acción Nacional, sobre el voto desde los 15 años, edad que también se tomará en cuenta como la mínima para tomar puestos públicos.

Para mi sorpresa, dicha propuesta se tomó como una burla, que se expresó en diferentes comentarios en las redes sociales: “Rubí, por ejemplo podrá votar” o “Esto es una estupidez. A esa edad no son lo suficientemente maduros o preparados ni para votar ni para ejercer cargos públicos”, estos comentarios fueron recurrentes en los foros de discusión en medios virtuales, además de una contrapropuesta ciudadana para “legalizar a las de 16”.

A pesar de ser criticada, la propuesta del voto joven ya se ha visto en diferentes países de la Unión Europea, como Austria, Noruega, Chipre o Alemania. En América, Brasil fue el pionero en reducir la edad mínima de voto. Sin embargo, en nuestro país dicha idea aún no parece tomarse más que como una broma de los políticos de dicho partido. Me sorprende que, nos planteemos de tal forma la edad como un sinónimo de madurez o de preparación, cuando en la historia democrática de México, existen diputados como Carmen Salinas, Ana Gabriela Guevara y otras personas del medio del espectáculo, a quienes no se les pone en tela de juicio su pertinencia como representantes o como ciudadanos dignos de voto.

Habrá que pensar si las personas que cumplen 18 años son más capaces para ejercer el voto, porque no creo que por arte de magia al soplar las velas del pastel uno adquiera dicha madurez para ser considerado como ciudadano. La edad, al igual que el sexo o la raza, son contratos sociales que no implican características en cuanto a la capacidad para ejercer libremente como ciudadano. La educación, la preparación y la información, en su contraparte, si lo son.

El voto adolescente debería ser parte de una estrategia superior de apertura infectiva de la vida política y cívica de un país hacia personas desde temprana edad, un ejercicio que permita el flujo de información sobre el sistema político y gubernamental de la nación, abierto al debate y la discusión. No se trata solamente de permitirles a los jóvenes el voto, sino que se tiene que preparar un terreno en donde ellos puedan ser capaces de hacerse de un punto de vista propio en cuanto a temas públicos y sociales. Un ejercicio en donde se involucre tanto a la familia, como a las instituciones educativas, los organismos de gobierno y los partidos políticos. Un ejercicio para establecer una cultura política de la cual no sólo carecen los jóvenes, sino el resto de la sociedad, donde la apatía o la falta de información es una constante en la sociedad mexicana.

A pesar de lo que se piensa de la alienación de los millennials, son las generaciones más jóvenes las que sorprenden haciendo manifestaciones en contra de Peña Nieto en México o de Trump en Estados Unidos, son ellos quienes generan una resistencia que es menospreciada por los mayores, quienes piensan que no servirá para nada. En Estados Unidos los jóvenes salieron a las calles para manifestarse en contra de la presidencia de Donald Trump, bajo el canto de Not My President, se involucra una falta de identificación con el gobierno actual de dicho país, un desfase generacional entre quien gobierna y quien es gobernado y una indignación ante la imposibilidad de elegir sobre el futuro de su país. El sistema democrático pone en manifiesto una discriminación hacia las generaciones jóvenes, considerándolos, por su edad, poco aptos para ejercer el voto, considerándolos ciudadanos de segunda.

La edad es un factor discriminatorio en el hacer democrático, al igual que la discapacidad o lo que se vivió hace un siglo con el voto femenino, existen dudas sobre lo que determina que alguien pueda o no ser sufragista. La pregunta que nos tendríamos que formular es ¿Cuál es el factor determinante que provoca que diferentes sectores poblacionales estén excluidos del voto y otros no? Lo cual nos lleva a cuestionarnos sobre tan aceptable es el sistema que determina quién puede y quien no participar en un ejercicio democrático.

Si este factor fuese la madurez, se debería de poner a prueba también la lucidez de los sufragistas, y a ser justos, se debería de realizar pruebas anteriores a entregar una boleta electoral, en donde se mida la capacidad que tiene dicha persona a decidir el voto, un ejercicio que mida el nivel de compromiso público del individuo y su conocimiento sobre las propuestas y quehacer político de los candidatos y del país, una argumentación de su voto que como mínimo muestre que existe una convicción basada en la preparación del votante. Si se hiciera esto, a manera de examen de conducir, habría bastantes ciudadanos que en nuestro país se les negaría el derecho a votar, por falta de aptitudes.

Al abordar ahora a la otra parte de la propuesta panista sobre considerar a los jóvenes como material para cargos políticos, diputados, senadores, etc., nos topamos con una crítica fundamentada en la madurez y la preparación de los jóvenes para ejercer determinado cargo, es decir, las misma discriminación que enfrentan los jóvenes al salir de la universidad. Cabe apelar en este punto a una tipificación de discriminación en cuanto a la edad, sin embargo, en la constitución mexicana se considera discriminación cuando el solicitante de empleo supera los 40 años, antes de eso, no se considera como tal.

También en la constitución mexicana, se marca que existe una edad mínima para poder postularse como presidente a la república, 35 años al día de la elección, y en caso de diputados el mínimo es 21 años, sin embargo, no existe una edad máxima para postularse a un cargo público o peor aún no existe una serie de requisitos curriculares para hacerlo: trabajos anteriores, estudios universitarios, posgrados, investigaciones publicadas, actividades curriculares alternas que muestren el interés de dicho candidato a mejorar la vida del país, requisitos que más allá de la edad, nos hablan de la preparación de un candidato a ocupar un cargo público.

Sin embargo, está claro que socialmente la edad tiene una importancia clave en la vida política de un país. A nivel mundial, existe una media de 55,5 años en la edad de los mandatarios mundiales, mientras que la media de edad en el mundo es de 29,6 años. Un mundo prácticamente poblado por jóvenes (salvo países como Alemania o Japón)  los presidentes tienen un desfase alrededor de 25 años con la población, lo cual me lleva a preguntarme si en verdad estamos siendo representados políticamente o simplemente formamos parte de un sistema que favorece a los mayores, ¿qué pasa con las fuerzas jóvenes políticas? O solamente son requeridas al acercarse periodos electorales, para pegar publicidad, levantar encuestas casa por casa y pararse en los cruceros a ondear banderillas de los candidatos en turno.

La política debe de expandir sus fronteras en tanto a la edad, para poder funcionar como un ejercicio democrático en forma, en donde no exista tanto desfase entre lo que pasa dentro del Senado y fuera de él. Lo jóvenes políticos en el mundo, sin escasos, aunando a esto que las oportunidades que se les presentan son pocas y la credibilidad que tienen es reducida.

Legalmente o socialmente, existen diferentes trabas para permitir a los jóvenes integrarse de forma directa a la vida política de un país como México, habrá que entender de una vez por todas que ni la madurez, el liderazgo o en su contraparte, la inexperiencia, no dependen directamente de cuantas velas se soplen en el pastel de cumpleaños y menos en fechas recientes, donde la calidad de vida ya supera los 80 años y vemos a personas de más de 40 años con crisis de edad y actitudes que se consideran más de chicos de secundaria. La vida nos descubre en una adolescencia perpetua.

Si actualmente tenemos a diputados, funcionarios y presidentes con una inteligencia emocional de un niño de cuatro años, y que hacen del Congreso un patio de secundaria (pública), qué más da que se les sustituya por chicos de 17 años, quienes estén más conscientes de las problemáticas de su generación, quienes puedan aprender, incluso más rápido que el actual secretario de Relaciones Exteriores de México. El asunto es, que la edad y todas las cosas relacionadas a la misma tienen un vínculo social arbitrario, sin ningún fundamento más que un contrato social que así lo dice. Alejandro Magno inició su imperio a la edad de 20 años, María de Escocia fue nombrada reina a los seis días de nacida, Mozart a la edad de ocho años había compuesto ya su primera sinfonía. No creo que exista algo que impida a los jóvenes tomar las riendas del futuro de una nación.

Al considerar un parlamento con una participación activa de los jóvenes, me gustaría fantasear sobre cuál sería el futuro de las propuestas en tanto a la igualdad de la mujer, medidas en contra del racismo, o desde cuando se hubiera aceptado los matrimonios igualitarios, los derechos de identidad-transgénero, el aborto, la eutanasia, la legalización de drogas, y la participación de la iglesia católica dentro de las decisiones políticas de un país, como se tomarían los asuntos migratorios o las políticas medioambientales. ¿Se aceptarán dichas medidas con más facilidad, o el resultado será exactamente igual?

Existe una brecha generacional entre la agenda política de millennial y el punto de vista ante dichas situaciones por las personas de edad, quienes, por desgracia, son los que deciden hacia donde se dirige el panorama político de cada país y del mundo, incluso en algunas ocasiones tienen una opinión en cuanto a mi propio cuerpo, lo que uso, con quien tengo sexo o con quien me quiero casar, a quién quiero adoptar, que es lo que me quiero operar, cuestiones que no deberían de importar a nadie, más que a mí, pasan a formar parte de una censura gubernamental.

Los jóvenes somos, tanto en guerras, como en época de paz la carne de cañón, los peones que sufren las consecuencias de lo que dijo algún anciano en alguna oficina, firmado por otros ancianos, quienes consideraron que es la mejor decisión, para su corto futuro, para su propia agenda, para sus propios intereses, mientras que las generaciones que vienen se quedan sin trabajo, sin educación, peleando guerras que no nos interesa pelear con enemigos que ni siquiera conocemos  o quizás, mientras todo esto pasa, nuestra generación permanece dormida, revisando las notificaciones en instagram, destinados a que nuestra capacidad de elección no pase más allá de decidir qué es lo que queremos poner en nuestro subway, o el sabor que tendrá nuestro café de Starbucks.

Al contarle a una amiga sobre este escrito, ella me comentó su teoría conspiratoria que pone a los viejos tras las aerolíneas lowcost, y las compañías hoteleras que hacen muy fácil a un joven cualquiera viajar por el mundo, como yo por ejemplo, para salir a conocer y aislarse en una vida de diversión y hedonismo, “A quién le conviene que los jóvenes se distraigan y permanezcan aletargados”, me dice, “a ellos, a los ancianos”, quizás mi espíritu millennial no quiere creer esta teoría porque me eso de volar a bajo precio, pero el caso es que los jóvenes deberíamos de terminar con este buen rollito hipster y empezar a tomar las decisiones que delegamos a los demás. Los mayores, mientras tanto, tienen todo el derecho, o será que en algunos casos ya será obligación, de jubilarse de tomar un crucero por el caribe, de perderse en las pistas de baile en discotecas de las Vegas o de Ibiza, de vivir la vida lejos de la política y más cerca de la diversión.

Si hay artistas como Madonna, Iggy Pop, Alaska, Cher o los Pet Shop Boys, que siguen moviendo masas de jóvenes a las pistas de baile, porque no podemos encontrar jóvenes que controlen cada vez más y más la vida política del mundo. Tal vez la edad ya pase a ser un dígito más sin importancia, cuando tenemos también un caso de completa compenetración intergeneracional con políticos como Sanders, quien logró ganarse el apoyo de los universitarios en EUA, a pesar de sus 75 años, quizás este es un ejemplo de que vejez o la juventud deba de dejar de ser una constante de segregación y discriminación en la vida pública. Es nuestra responsabilidad que la edad sea una de esas últimas barreras que se vengan abajo en todos los ámbitos de la vida, pero más en la democracia, para ser partícipes de un sistema inclusivo y abierto a nuevas propuestas, a nuevos caminos. Quizás ya va siendo hora de romper el esquema que marca lo que puede o no hacer un joven por ser joven o lo que debería o ya no debería de hacer un anciano, sólo por ser anciano.