Author Archives: Columna Voltear la hoja

¿Qué se responde?

¿Qué se responde?

Poco insulto debe haber que llegue a compararse…

qué poca sensibilidad hay que tener para tomar algo tan cruel

tan históricamente hiriente y pretender usarlo para imponerse…

Renee Goust

La letra de la Cumbia Feminazi es de reflexión profunda, obliga a meditar en el significado del Holocausto, esa catástrofe mundial de la que aún hoy vivimos sus terribles y nefastas consecuencias. Reflexionar en como algunas personas parecen ignorarlo y utilizan la palabra nazi para señalar a aquellas mujeres que les inspiran temor porque son valientes y poco frágiles, como dice la canción de Renee Goust.

Escuché a una mujer profesionista, educada, aparentemente culta decir “yo no tolero a las feminazis”. Ocasionando desconcierto, frustración, tristeza e impotencia. Ofende esa falta de respeto para el dolor de todo un pueblo que nunca se liberará de los estragos del Holocausto.

En esa catástrofe fueron seis millones de personas asesinadas por el régimen nazi justificando lo que llamaron “la solución final”. Asfixia por gas venenoso, fusilamientos, ahorcamiento, golpes, hambre, trabajos forzados, experimentos científicos, entre otros, sirvieron a este genocidio nazi.

Mujeres judías y no judías perseguidas brutalmente; confinadas en áreas y campos completos de concentración exclusivos para ellas, como Ravensbrück, en que se estima estaban encarceladas más de cien mil mujeres tan solo en 1945, cuando se liberó este campo.

Se han documentado innumerables atrocidades contra hombres y especialmente crueles contra mujeres. Se sabe que las embarazadas o con hijas o hijos pequeños eran enviadas a campos de exterminio para ser asesinadas en las cámaras de gas. En los ghettos las esperaban constantes golpizas, violaciones y experimentos de esterilización. Aunque algunas fueron líderes o integrantes de grupos de resistencia dentro de ghettos y campos de concentración.

Por todas ellas el término feminazi no debe ser mencionado nunca. La reflexión nos llega, pues nuestra cotidianidad se llena de violencia contra mujeres y niñas. Según cifras del Inegi, el crimen contra las mujeres es imparable en este país; las cifras indican que en los últimos diez años, en promedio cada cuatro horas fallece violentamente una niña, joven o adulta; cifra que aumenta en la zona centro de México. Estas mujeres fueron mutiladas, asfixiadas, ahogadas, degolladas, quemadas, apuñaladas o baleadas.

Los asesinatos se llevan a cabo en los hogares, el centro de trabajo, transporte público, parques, calles, hoteles, entre otros lugares. Un escalofriante 38% de asesinatos son cometidos por la pareja sentimental, familiares directos, compañeros de escuela y de trabajo, conocidos y extraños.

Y son las mal llamadas feminazis las que luchan contra esta amenazante realidad. Entonces, por qué perder el tiempo y los espacios utilizando palabras que ofenden y denigran a quien las profiere.

Se requieren más mujeres apoyando a las feministas valientes y temerarias, más personas apoyando sus batallas, el reconocimiento del creciente problema de la violencia contra niñas y mujeres. No hacen falta quienes profieren palabras sin pensarlas, ni quienes se dejan llevar por detractores que conducen al atraso.

Entonces, quien haya leído, visto, escuchado, estudiado o conocido a sobrevivientes del genocidio nazi sabe que tal termino designa algo nefasto. ¿Por qué aplicarlo a mujeres que luchan por derechos, libertades y justicia? Una sociedad habitada por hombres y mujeres que se dicen progresistas debe soltar el peso suicida de la ignorancia, auténtica o simulada.

Sylvia Teresa Manríquez

@SylviaT    sylvia283@hotmail.com

Liga de interés: https://www.taringa.net/posts/info/17346601/Nazis-la-horrible-venganza.html

Todas nuestras tías Refugio

Todas nuestras tías Refugio

La tía Refugio tenía voz fuerte y ojos verdes casi transparentes, su mirada me sonreía o castigaba cuando descubría travesuras. Nos recibía en su casa con una olorosa taza de café. En la década de los 70 mi madre y yo recorríamos sin miedo las calles que nos separaban de su casa, porque no sabíamos de asaltos a plena luz del día.

Recuerdo la casa de la tía Refugio, era cálida como un abrazo. En la entrada tenía una tiendita, enseguida la sala con dos sillones amarillos. La recámara en penumbra con una gran cama, el olor a madera del ropero cuya llave aún me parece enigmática. Más allá la cocina, una mesa y cuatro sillas. El mantel de flores, sobre este los cubiertos en un bote, la azucarera de aluminio y el frasco de café soluble.

Mientras hervía el agua para el café yo corría a la panadería, sin temor de que algún maleante detuviera mi carrera, los polvorones siguen siendo mis favoritos. Me gustaba oír las pláticas de los mayores, aunque no estaba permitido. Si se daban cuenta que escuchaba me mandaban a jugar al patio, yo prefería irme a la tiendita, la vitrina robaba mi atención.

Disfrutaba ver, oler y saborear el contenido de los frascos que guardaba. Eran dulces de diferentes sabores y colores. Los jamoncillos eran más caros, la tía Refugio siempre tenía uno para mí. Sus manos cansadas me enseñaron a tejer un estambre que ella misma fabricaba con tiritas de tela, a veces me daba la impresión de que las horas se entretejían con la misma paciencia que ella ponía en sus enseñanzas.

Un día escuché una palabra distinta, misteriosa: diabetes. Las personas adultas no sabían bien qué significaba, pero le estaba robando la salud a la tía Refugio. Recuerdo que un día ella se cayó y se fracturó la pierna. No quería que la operaran, por eso dejó pasar el tiempo. Su piel fue tornándose oscura, primero el pie, luego la pantorrilla; cuando el color negro llegó a la rodilla decidió que era tiempo de operarse.

Yo no podía verla, no era asunto de niñas, me dijeron. Pero la extrañaba, oía lo que comentaba la gente grande. No entendía qué sucedía, creo que por eso le tomé mala idea a la palabra “diabetes”. Recuerdo a mamá cuando llorando planchó su vestido negro. La escuché decirle a papá detalles del fallecimiento, la funeraria, el sepelio, cuestiones que ella supuso, yo no entendía.

Tenía siete años cuando lloré intensamente la partida sin despedida de una mujer que fue más abuela que tía. Tejí tristeza con los puntos de crochet que ella me enseñó, preguntándome qué era ese monstruo llamado diabetes que se lleva gente querida, temía regresara por mamá, papá, inclusive por mí.

Hoy sé que la gangrena en realidad se debió al descuido que tuvo de su pie diabético. Que la tía Refugio formó parte de los cien millones de personas que había en el mundo en la década de los 70, según la OMS, cifra que en nuestros días casi alcanza los 450 millones de personas.

Recuerdo a la tía Refugio porque recién se conmemoró el Día Mundial de la Diabetes con el tema “Mujeres y Diabetes”, la novena causa de su muerte en todo el mundo, debido a los factores que siguen haciendo difícil el acceso de niñas y mujeres a una prevención efectiva, detección temprana, diagnóstico oportuno, tratamientos y atención al alcance de todas.

Como en casi todo el mundo, en México uno de los factores de riesgo para que niñas y mujeres padezcan diabetes es la desigualdad social y económica, que favorece la mala alimentación al no tener acceso a dietas nutritivas y difícil acceso a los servicios médicos y tratamientos adecuados, además de la discriminación y estigmatización que deben enfrentar en una sociedad machista.

Nuestro país ocupa el primer lugar en incidencia de diabetes y las mexicanas somos las más afectadas por esta epidemia. La solución no es sencilla. Necesitamos estrategias efectivas en salud pública que realmente eviten que esta enfermedad siga arrancándonos la vida de todas nuestras tías Refugio.

Por Sylvia Teresa Manríquez

@SylviaT    sylvia283@hotmail.com

En voz alta: el juego con la vida.

En voz alta: el juego con la vida.

I
Luisa de doce años de edad imaginó al sicólogo que atendía a Alicia, la del país de las maravillas, pensó como él al seguir un camino se da cuenta de que las flores tienen cara y lo siguen con la mirada. Luisa plasmó ésta y muchas otras historias en un libro.
Manuel de trece años, dice que un adolescente si escribe un libro tratará sobre guerra, artes marciales o futbol. Él imaginó los sentimientos que se dan cuando los adolescentes se encuentran en medio de una guerra, y escribió un libro al respecto.

Escuché a Luisa y Manuel leer en voz alta un fragmento de sus libros durante la realización del XIII Festival de la Palabra, encuentro de los que escriben con los que leen.

También escuché leer a integrantes de talleres de creación de poesía y cuento; a quienes les gusta leer a autoras y autores sonorenses fallecidos; y escritores y escritoras que compartieron sus más recientes creaciones.

En esta edición del Festival de la Palabra se reconoció la labor del escritor Antonio Granados, especialmente su aportación a la literatura mexicana, en su obra dirigida a niñas, niños y jóvenes, premiada nacional e internacionalmente, y por su trayectoria como incansable promotor de la lectoescritura en Sonora y en México.

Ignacio Mondaca, presidente de Escritores de Sonora A.C., ESAC, planteó la importancia de poner en marcha la Ley de Fomento a la Lectura y el Libro del Estado de Sonora, indispensable para conjuntar esfuerzos y conseguir recursos que faciliten la tarea de mejorar los índices lectores de las y los sonorenses y fortalecer la cultura del libro en la entidad.

También destacó que se tuvo oportunidad de llegar a mil quinientos estudiantes de diferentes escuelas mediante la participación de escritoras y escritores que compartieron su obra mediante la lectura en voz alta.

Precisamente, el Festival cerró con el encuentro de diferentes clubes y salas de lectura y la conferencia magistral “La primacía de la lectura en voz alta” de la escritora e investigadora Alma Velasco.

II

Dice Alma Velasco que quien lee en voz alta se enfrenta a varios retos: que su voz tenga diferentes tonos y la suficiente potencia para ser escuchada por todas las personas; que la respiración alcance para leer textos largos; que la dicción sirva para que se entienda lo que se lee, y que conecte con la gente para atraparla.

Leer en voz alta nos capacita para desarrollar la habilidad de comunicarnos mejor, usar la emotividad de manera significativa, divertida, para quien lee y quien escucha. Son habilidades que necesitamos en la vida diaria, porque todo se lee, todo necesita ser comunicado.

Velasco dice también que cuando la persona entra en lo que está leyendo en voz alta se conecta con la vida del personaje, una vida mucho más amplia, más interesante, llena de opciones, contrastando con la vida cotidiana del lector o lectora en la que la violencia es el centro y casi lo único que le está tocando presenciar.

Por eso leer en voz alta fortalece las relaciones entre niñas, niños, jóvenes, gente adulta. Los momentos son compartidos. Leer en voz alta nos da placer enorme, gran riqueza emocional que tanta falta hace en este presente cuya tranquilidad se ve amenazada constantemente.

Alma Velasco habló de los clubes, salas y cualquier grupo de personas que se reúnen alrededor de la lectura. Son importantes porque se discute, se opina, se pregunta, se responde, se forma comunidad. Se enriquece la posibilidad de pensamiento de las quienes participan en el grupo, al aprender a escuchar tanto a los demás integrantes como a los autores de los libros y a los mismos libros.

Niñas, niños y adolescentes que asisten a clubes y salas de lectura tiene opciones más allá de la violencia que viven a su alrededor, y también otras soluciones que atender, aprender e imaginar.

Coincido con esta incansable promotora de la lectura en voz alta. Reunirse alrededor de los libros nos permite compartir algo tan íntimo como una lectura, nos identificamos con los demás en ambientes, como dice ella, de luz y felicidad.

Leer en voz alta es un juego con la vida y con aquellos, aquellas a quien se lee. Se puede vivir el doble o el triple de lo que se vive sin leer.

Por: Sylvia Teresa Manríquez

@SylviaT sylvia283@hotmail.com

 

El orgullo de servir

El orgullo de servir

“Uno da lo mejor de sí en su trabajo sin esperar que se le reconozca, si llega el reconocimiento que bueno, es un gusto y un honor trabajar en lo que a uno le gusta y si pagan por ello, mejor”
Guadalupe Gálvez

Que efectivamente es un gusto y un honor trabajar en lo que nos gusta le dijo la Gobernadora de Sonora, Lic. Claudia Pavlovich Arellano, a el Ingeniero Guadalupe Gálvez Álvarez cuando le entregó el reconocimiento a su trayectoria, entrega y profesionalismo en 33 años de labor ininterrumpida en el servicio público.

También dijo que es un orgullo para Radio Sonora, para nuestro estado y ejemplo de servicio. Felicitó a su familia y reiteró el gusto que da saber que hay gente con ese compromiso trabajando al servicio de las y los sonorenses.

Se siente muy bien ser testigo de este reconocimiento, escuchar esas palabras cuando se vive un presente en el que la preocupación por sobrevivir el día a día, dificulta apreciar la dedicación de personas como el hombre al que se reconoció.

Son esos seres que creen firmemente que lo que hacen es importante, que aman su quehacer y los disfrutan, que hacen lo posible por atajar contratiempos para seguir dedicándose a eso en lo que creen, haciendo del servicio público un noble estilo de vida.

Eso es lo que ha hecho Guadalupe Gálvez en Radio Sonora, una estación que no se concibe sin el “Inge Gálvez” como le dicen sus compañeros y compañeras. Quienes lo conocen saben de la dedicación que lo caracteriza.

Llegó a esta estación en 1983 haciendo el servicio social en la cabina de transmisión, como era común entre los estudiantes del ITH. Estuvo en las cabinas de grabación haciendo equipo con las y los productores en la creación de programas de diferentes géneros, interesantes para la gente que sintoniza Radio Sonora.

Se desempeñó como Subdirector de Programación y Continuidad, teniendo la responsabilidad de coordinar la programación musical y la continuidad de promocionales y preventivos.

Desde hace algunos años es Jefe de Eventos Especiales y Grabación, una responsabilidad que le ha permitido el contacto directo con la gente que escucha Radio Sonora, ya que es responsable de que cada evento en vivo, cada transmisión especial, esté lista en tiempo y forma para que salga de la mejor manera “al aire”.

Entre todas actividades se dio tiempo para producir su propio programa llamado “Nuestra leyes” y obtener certificado de locutor clase A. Cuenta de las travesuras que el fantasma del Conde García le ha hecho y de las y los compañeros que se adelantaron y que le han dejado grandes experiencias compartidas.

Si el Inge Gálvez ha dejado su huella en los pasillos de Radio Sonora, ésta a su vez lo ha visto crecer y desarrollarse, terminar la carrera, obtener el título, encontrar pareja, formar familia, criar hija e hijo.

Ha visto transformarse a la radiodifusora al mismo tiempo que su vida. Vivió el proceso de pasar del tornamesa, carrete abierto, editar con regleta y navaja, a la computadora y la digitalización.

Dejar de ser una estación solo para hermosillenses y formar una gran red de repetidoras que enlazar a la población sonorense.

Dice el Inge Gálvez que lo interesante es mantener equilibrio en la programación porque debe ser atractiva ara todo tipo de personas, manejar todos los géneros musicales, por eso Radio Sonora es una estación que tiene ángel porque desde su inicio ha sido muy querida por la gente.

Además dice que aprende con cada programa, cada transmisión especial y que se forma él mismo un amplio bagaje cultural, y que está orgulloso de poder sostener a su familia gracias a un trabajo que le gusta tanto.

Por eso digo, y me consta, que no se concibe Radio Sonora sin el Ingeniero Guadalupe Gálvez y al Inge Gálvez sin Radio Sonora.
La figura de este hombre sencillo enaltece la historia de Radio Sonora que a su vez engrandece los anales históricos de Sonora.

Columna “Voltear la hoja”
Por Sylvia Teresa Manríquez

@SylviaT sylvia283@hotmail.com

 

Mi Pancho

Mi Pancho

“Tengo un tipo de Parkinson, algo que no me gusta. Mis piernas no se mueven cuando mi cerebro les dice que lo hagan”.

George H.W. Bush

En el día de los Panchos, recuerdo el aprendizaje al que la vida nos ha forzado. ¿Cuántos Franciscos y Franciscas existirán en el mundo con la enfermedad de Parkinson?

Yo aprendí sobre este mal cuando un especialista en geriatría lo detectó. Aprendí del rostro de mi padre con expresión interrogante al tratar de descifrar el significado completo de esa palabra.

En los dos primeros años de desarrollo de este mal comenzamos a notar que la fuerza de su voz iba disminuyendo, que el andar se volvía lento, que las preguntas invadían su semblante, que nuestro Pancho iba cambiando, deteriorándose.

Aprendí de los múltiples diagnósticos, todos alrededor de la senilidad, sin acertar al nombre real del mal que estaba atrapándolo.

Dos largos años observando con impotencia como su mundo se tornaba rígido y silencioso.

El especialista dijo que el Parkinson de mi padre inició en su juventud, cuando peleaba en el ring de box.

“Parkinson secundario debido a traumatismo craneal repetido”, que se desarrolla a consecuencia de golpes recibidos en forma reiterada,  como en el caso de los boxeadores.

El tipo que aqueja a mi padre no presenta los conocidos temblores, de allí que se confunda con otras enfermedades de la edad y se pierda tiempo en su diagnóstico, con el gran e irreversible deterioro físico. La memoria e inteligencia siguen intactas.

Observo a mi padre, mi Pancho, mientras él  también me observa. Trato de imaginar la alegría que sintió cuando nací, casi en el día de los Panchos, me dijo alguna vez que lloró porque años antes había perdido una hija al nacer.

Él se preguntaba si esta niña de apenas ocho meses de gestación habría de sobrevivir, porque la primogénita, que nació a los nueve meses de embarazo, como vino se fue de este mundo, rápido, en dos días de vida. “No se logró” decía él. Hoy me pregunto hasta donde nos dejará avanzar juntos su enfermedad.

Lo veo usar la andadera para caminar y recuerdo cuando sus piernas lo llevaban en largas caminatas; recuerdo el camino que seguimos en mi primer día de clases en la primaria.

En la memoria también están los partidos de béisbol que juntos disfrutamos gritando porras al equipo de casa, también  las funciones de box, que me gustaban porque lo veía reír rodeado de lo que más quiere: su familia.

La familia, el recurso más importante para sobrellevar este mal.

Padecemos, nos desesperamos, sentimos impotencia y aprendemos juntos sobre un mal que aqueja a un millón de personas en México y siete millones en todo el mundo, sin mencionar a la familia que las rodea, también víctimas de la enfermedad en cuestión. Somos tanta gente conviviendo con el Parkinson, en sistemas de salud que no alcanzan para proveer los medicamentos ni las condiciones que frenen su avance.

Así se vive con Parkinson en la seguridad pública.  Así la vivimos en casa, acompañando a una  persona atrapada en un cuerpo que se vuelve tan rígido como el mismo acero. Igual de firme es la decisión de no dejar que nos derrote.

Sí, es día de los Franciscos y me nace hacer un brindis por mi Pancho y su vieja máquina de escribir con la que me contagió el gusto por las letras.

Por el hombre que observa desde esos ojos curiosos que no pueden parpadear como los demás; un hombre con defectos que guarda en el tiempo, con virtudes que no opaca el Parkinson.

Porque estamos aquí, a pesar de todo, esperando todo. Reconociendo que el tiempo puede ser nuestro mejor aliado, que las crisis son oportunidades, y las desventuras pueden volverse fortalezas. Conviviendo con los desvelos y las mudanzas a las que nos somete el Parkinson.

Estamos aquí hoy agradeciendo a la vida la fortuna de seguir juntos atesorando cada logro, cada paso andado, cada palabra pronunciada, cada día compartido.

¡Felicidades Pancho mío!

Sylvia Teresa Manríquez.

@SylviaT    sylvia283@hotmail.com

¿Por qué no?

¿Por qué no?

Dame una mano, dame la otra,
dame un besito que sea de tu boca.

Siempre acompañada aunque nadie viva con ella. La algarabía de los juegos del preescolar ubicado justo frente a su casa da alegría a sus mañanas.

También pasan los niños y las niñas rumbo a la primaria cercana. 70 años y sigue cantando. Le recuerdan su infancia y la amistad de paleta de hielo y juegos de pelota en el recreo.

La amistad nos elige, dice. Por eso cuando estamos viejos tenemos pocos amigos.

¿Cómo nos escoge la amistad, Doña Rita? – pregunto

Es complicado. Desde que somos chiquitos nos pone pruebas, y las vamos pasando o no. Tú crees que escogiste a tus amigos, pero no. Es la vida la que elige.

¿Y el amor?

¡Ah! Allí es diferente el amor está en todos, pero lo escondemos.

¿Dónde aprendió estas cosas, Doña Rita?

Ay mijita, viviendo tantos años. Aprendiendo a reír aunque me ahoguen las desgracias, si no, no habría sobrevivido tanta tragedia.

Doña Rita es viuda, madre de dos mujeres y un hombre. A veces no sabe si podrá pagar el recibo del agua o el de la luz.
Se dice sana porque no es envidiosa. Asegura que la amistad es más que amor. Puede surgir en forma espontánea, o tardar años en manifestarse. Hay quienes le dan distintos grados de importancia, dependiendo del entorno en que surge la relación. Para disfrutar de una agradable y duradera amistad se requiere blindarla con cariño, buena voluntad, armonía y “mucho aguante” dice.

Se han realizado experimentos para entender la relación entre salud y amor, de los que se desprende que cuando las personas enferman y tienen a alguien que se preocupe por ellas, la recuperación es más rápida que la de alguien que está en soledad. Con el amor la calidad de vida es mejor, la gente feliz se enferma menos.

Los sentimientos negativos se neutralizan con emociones positivas, como la amistad legítima. Nuestro organismo funciona mejor si contamos con buenas amistades. Los problemas y la soledad nos inclinan a la tristeza y depresión. El apoyo de los demás aligera los problemas y prolonga la vida.

Le pregunto a Doña Rita: Y con las noticias que nos hablan de sicarios y delincuentes, que parecieran no saber que es el cariño al prójimo, ¿Ha cambiando su idea del amor y la amistad?

El amor, mi esposo me lo daba. Con un beso cada mañana lo veía irse a trabajar. Un día no volvió. Lo mataron. Sin deberla ni temerla. Unos cholos lo asaltaron, no traía más que lo del ruletero. Nadie explicó, y nadie se disculpó, ni ayudaron con los gastos del funeral, y yo sola. Gracias a mis vecinas y a mi hija lo sepultamos humildemente. Esos que matan son gente necesitada de los demás. Buscan reconocimiento pero de mala manera. Si hubiera más sonrisas, más gestos cariñosos, habría menos delincuentes. Pero es difícil que cuando pasa algo como lo de mi esposo te den ganas de dar afecto.

Oyendo a esta mujer es inevitable meditar en el valor insospechado de un abrazo. Consuela y alivia más que una sesión terapéutica. Pero miles de barreras y prejuicios nos evitan compartirlo.

Hay certeza en las palabras de Doña Rita. La soledad nos vuelve personas incompletas. El afecto es fundamental en nuestra personalidad. Saber darlo y recibirlo es un aprendizaje de todos los días.

Esta mujer es ejemplo de fortaleza. Se preocupa por la hija que se amargó con la manera en que murió el padre. Aunque ella, seguirá honrando la memoria de su viejito, sonriendo y ayudando a quien toque su puerta.

Los buenos pensamientos se escurren como agua entre las manos. Cada vez parece más difícil sonreír espontáneamente, saludar con un apretón de manos o brindar un cálido abrazo.

La figura de Doña Rita nos plantea de nuevo la necesidad de recuperar el camino de las relaciones solidarias. Esa solidaridad que ella observa en las amistades, la misma que ve a diario en los juegos sin malicia y sonrisas sencillas de los niños que pasan por su casa.

Hay momentos y fechas que me hacen recordar las palabras sencillas de esta mujer. Antes de que se estableciera el Día del Pensamiento Positivo (13 de septiembre), ella lo conmemoraba sin saberlo, pues lo practica de manera espontanea.

Por qué no creer que pensar positivamente nos alivia. Si los pensamientos ayudan a cambiar el mundo generando ideas que logran acciones; muchos pensamientos positivos nos llenaran de buenas ideas y lograremos acciones concretas que inicien cambios.

Entonces, por qué no darle cabina a la esperanza contenida en los pensamientos positivos, el saludo espontáneo, la sonrisa diaria, el altruismo constante, la solidaridad siempre.

¡Por qué no?

@SylviaT sylvia283@hotmail.com

 

Bahía de los poetas

Bahía de los poetas

Si un día me marcho lejos de más no poder, qué sería de esta bahía.

Si algún día las hojas de este almendro se secaran.

Este viejo almendro recostado junto a la arena sucumbiera ante la fuerza de una ola.

Si la arena revuelta con restos de coral y piedras desapareciera por completo,

dónde gritarían los viejos pájaros que bajan a beber agua al manantial, dónde construiría pequeños diques el rey niño que vive en estos lares.

Jesús Rito


Me gusta la poesía como ésta, que me llena de sensaciones e imágenes. También me gusta la que habla de colores, cosas, amores, gente, vida y muerte, y la que habla de mi país, de sus dolores y cuentas pendientes.

Me gusta la poesía que inspira, la que regocija, también la que hace llorar, gritar y reflexionar.

Me gusta la gente que puede plasmar todo eso en poemas que trascienden fronteras de tiempo y  lugares.

Me gusta la poesía, por eso celebro cada vez que conozco poetas. Jesús Rito pasó por Sonora y se detuvo en mi casa, Radio Sonora. Él hace poesía desde que nació porque ¿de qué otra manera pudo venir al mundo en una isla si no es rodeado de poesía?

Dice que le gusta leer y hacer poesía desde una hamaca,  y yo no puedo evitar pensar en esa analogía de la vida. Igual que en la hamaca la vida va y viene, a veces arrulla y otras preocupa, marea.

Estoy de acuerdo con él, en que no toda la poesía es para endulzar. Creemos y necesitamos esa poesía que nos proyecta, que nos mueve, nos golpea, nos pone alertas, que necesita nuestra pluma para expresarse.

Le pregunté sobre el oficio de hacer poesía en estos días, dice que es urgencia de recordar la necesidad de escribir, de decir. Porque las poetas, los poetas, están en todas partes; en las casas, en las oficinas, en las escuelas, en las calles, en los caminos, en el periodismo, en todas las profesiones.

Desde todos los lugares realizan su oficio. Hablan de mercados y microbuses, de merolicos y vagabundos, de sueños y realidades. Le pedí a Jesús Rito más de su poesía y me entregó a Oaxaca en sus letras:


Oaxaca, aparta de mí este cáliz.

Te lo pido yo,

Que me llamo Jesús

Y no temo morir en la cruz,

Pero sí temo morir de gangrena social, cultural y natural.

Aparta de mí lo que vayas a darme.

Oaxaca la bella, la ancestral, la mágica.

Aparta de mí a cada turista que bebe mezcal,

que se toma fotos con niñas descalzas,

que grita, ¡Viva Zapata, Viva Juárez¡ por los callejones de cantera.


Me gusta la poesía de Jesús Rito porque habla de nosotros, del hoy y aquí. De su tierra que también es nuestra, del temor generalizado de que la gangrena social, como él dice, no se detenga hasta absorber el último resquicio de cordura.

Este sentido social de la poesía me resulta necesario. Cuando habla de violencia, injusticias, de reconocernos o ignorarnos entre nosotros mismos.

Cómo él, reconozco que hace falta promover su lectura, continuar formando gente que lea poesía, para no olvidar el nombre de las y los poetas ni sus palabras, para no sentir que se van quedando solos, solas, dejándonos en la orfandad con tanto mar de esperanza por delante, como sentencia Jesús Rito:


Nos vamos quedando solos,

y a veces quisiera quejarme de eso.

Nos vamos quedando solos en medio del mar

cuando el sol se oculta.

Como no somos de ninguna parte,

no nos deben doler las partidas.

Nos vamos quedando solos,

con tanto mar por delante.


 Si un día las y los poetas se marchan de más no poder, estoy segura nuevas plumas que aprendieron bien, manifestarán propuestas, sueños e ilusiones en esa bahía de letras necesaria para sobrevivir.

@SylviaT    sylvia283@hotmail.com

Acariciados con los dedos

Acariciados con los dedos

Por: Sylvia Teresa Manríquez.

Qué cuántos años tengo? –
¡Qué importa eso!
¡Tengo la edad que quiero y siento!
La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.
Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso o lo desconocido…
… Tengo los años en que los sueños,
se empiezan a acariciar con los dedos,
las ilusiones se convierten en esperanza.
…Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos.
Para seguir sin temor por el sendero,
pues llevo conmigo la experiencia adquirida
y la fuerza de mis anhelos
¿Qué cuántos años tengo?
¡Eso!… ¿A quién le importa?
… Qué importa cuántos años tengo.
o cuántos espero, si con los años que tengo,
¡¡aprendí a querer lo necesario y a tomar, sólo lo bueno!!

Fragmentos de “Poema sobre la Vejez” de José Saramago

Me gusta este poema de Saramago porque sin quererlo habla de mi padre, que también es abuelo. Habla de mi abuelo materno que sólo conocí gracias a las cartas, esas misivas que se enviaban por correo aéreo, las mismas que parecen peligro de extinción. Habla de mi abuelo paterno que aunque fuerte y serio, se dio la oportunidad de silbarme tonadas  y compartirme rebanadas de sandía.

También habla del abuelo que me adoptó como nieta, quien sin ningún lazo biológico me quiso con tanto amor que todavía me duele su partida. Ese que cantaba mientras me observaba tocar cada cajita de la vieja botica en la que él manejaba sustancias, aromas y colores, que siguen pintando los recuerdos de la infancia.

Me gusta este poema de Saramago aunque no habla de las cinco abuelas que tuve, por las que me siento afortunada.

No habla de ellas aunque juntas tenían todos años del mundo, sin importar cuantos años tenían. Las pienso tan valiosas como fueron, porque eran fuertes, tanto que por ellas sobrevivimos las mujeres que les seguimos.

Ellas me enseñaron a amar en la misma medida que a mantenerme firme contracorriente. Cocinaban, limpiaban, cuidaban, tanto como exigían el derecho a opinar, decidir y hacer.

Soy afortunada porque tuve tres abuelos y cinco abuelas. No puedo preguntarles que opinan de la violencia que hoy nos invade espacios, pero estoy segura que desde sus trincheras estarían luchando por liberarnos de ella.

No puedo preguntarles a mis abuelas sobre alertas de género, feminicidios, injusticia, desigualdad, inequidad, impunidad, pero estoy segura que me acompañarían en los reclamos, las preguntas y los señalamientos.

Caminarían a mi lado en esta gran contingente de mujeres que necesita calles seguras, bocas sin hambre, y manos sin tortura.

Les diría que yo, como lo dice el poema, tengo los años que necesito para vivir libre y sin temores, pero que tengo miedo de que la violencia secuestre la tranquilidad en la que las recuerdo a ellas.

Les diría también que por la experiencia de vivir aquí, los anhelos son más grandes cada día. Que no he perdido la esperanza porque pertenezco a esa parte de la sociedad que aún no olvida lo que es vivir sin sobresaltos.

Y sin importar los años que tenga, lucharé para lograr que mis sueños, los de ellas, los de mis hijas, mis nietas, sean fuertemente asegurados por todas las manos, y no solo acariciados con los dedos.

@SylviaT    sylvia283@hotmail.com

Nadar

Nadar

I

Una crónica

Se baña pegadita a la orilla, para no resbalar, para no caer hasta el fondo. Reflexiona sobre esto al mirar las gotas de agua que caen en los charcos de la calle. No se hunden, se adhieren sin derramarse.

No pasa el ruletero. Llegará tarde por su hija. Apenas dos años y sus travesuras incesantes.

No ha vuelto a la alberca con sus amigos. Ya no la invitan.

Hay humedad. Piensa en el calor que también agobia a su hija. En su casa tiene cooler, en la de su vecina no, allí la deja mientras sale a trabajar.

La joven madre es delgada, pálida, taciturna. De estatura regular y facciones finas. Quién sabe por qué tiene los ojos verdes, si ni su padre ni su madre los tienen de color. Su hija sí.

Al llegar a su casa deberá lavar, teme que la llovizna empape las prendas y estarán mojadas. De ser así, no habría manera de utilizarla en la jornada del día siguiente.

Su ropa de trabajo es más breve que sus trajes de baño. En el table dance no requiere más.

Sube al ruletero con el dinero en la mano. Es inevitable que al abordar el camión la alegría sea porque falta menos tiempo para el reencuentro con su hija. Mira al cielo, y agradece por tenerla.

El trayecto es largo, la colonia donde habita es nueva, una cerrada con viviendas pequeñas y calles estrechas. El ruletero la deja en la entrada.

Apresura el paso para llegar por su hija. A veces alcanza a escuchar su risa antes de tocar la puerta.

Hoy hay quietud. Sonido de gotas en el tejaban. En la televisión un programa de chismes faranduleros es estruendo.

Pregunta por ella. Está jugando en el patio, le dicen.

No la oye. No la percibe alegre y traviesa como suele ser.

¿Dónde? No la veo.

Varias cubetas guardan el agua. Una se volvió trampa mortal para la curiosidad de un ángel.

Su emoción se fusiona con la mente, ambas giran y al detenerse, concluye: no aprendí a nadar, no aprendí a nadar.

II
La crónica sigue tan vigente como cuando la escribí, hace algunos años, observando que historias como esta se presentan en cada ciudad de este país.

A veces reflexionamos. Qué si el servicio de transporte urbano, qué si la distribución del agua potable, qué si el calor, qué si las oportunidades para los jóvenes, qué si el embarazo de adolescentes, qué si los valores, qué si el apoyo familiar, qué si los

prejuicios, qué si la violencia.

Mientras decidimos cuál es más urgente atacar, la vida sigue su curso. Cada día el mañana nos encuentra perdidos en una maraña de discursos políticos, sociales, que distraen de necesidades urgentes.

Pienso que más fomento a la lectura asertiva e inteligente, más arte brindada como herramienta en el aprendizaje, deberían ser materias elementales en la educación básica.

Cierto que de entrada no quitan el hambre, también cierto que el arte y la cultura, incluida la lectura, forman seres sensibles, capacidad de crítica y mejores posibilidades de enfrentar esta cotidianidad violenta e incierta en la que sobrevivimos.

@SylviaT sylvia283@hotmail.com

 

A la vuelta de cualquier esquina

A la vuelta de cualquier esquina

Por Sylvia Teresa Manríquez

Me llegará lentamente
y me hallará distraído
probablemente dormido
sobre un colchón de laureles…
Con unas hebras de plata
me pintará los cabellos
y alguna línea en el cuello
que tapará la corbata.
Aumentará mi codicia,
mis mañas y mis antojos
y me dará un par de anteojos
para sufrir las noticias…
A lo mejor, más que viejo
seré un anciano honorable,
tranquilo y lo más probable,
gran decidor de consejos
o a lo peor, por celosa
me apartará de la gente
y cortará lentamente
mis pobres, últimas rosas.
Fragmento del poema La vejez de Alberto Cortez

Dice mi amigo Esteban que la vejez nos toma desprevenidos, porque ahorita es el momento en que los adultos de cuarenta años y más deberíamos tener ya, una casa propia, una pensión decente, un carro propio, y previsto qué haremos para los cuidados de salud que seguramente requeriremos cuando los años nos alcancen.

Propone crear comunidades o colonias donde, en la etapa de la vejez podamos vivir entre amigos, asegurarnos entre nosotros mismos las condiciones necesarias para sobrevivir con dignidad, y ser además, autosuficientes.

Piensa en departamentos adaptados a la vida de las personas adultas, lavandería, biblioteca, área médica, espacios de esparcimiento, como los centros que existen en otros países; en un ambiente de respeto, solidaridad y ayuda mutua.

Él cree que al vivir en grupo seremos capaces, protegernos, ayudarnos, hacernos compañía y asegurar que las necesidades básicas sean cubiertas, así se podrán resolver los problemas fácilmente y no se dependerá de hijos e hijas que puedan o quieran cuidarnos.

En las cifras brindadas por el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática, en la Encuesta Intercensal 2015, dice que en México hay 12.4 millones habitantes; las personas de 60 y más años, representan poco más del 10% de la población total.

En Sonora no es diferente la estadística pues de los pocos más de 2 millones 850 mil habitantes que vivimos en este estado, 300 mil tienen más de 60 años, o sea casi el 11%.

Las cifras son engorrosas, cansadas, pero necesarias, porque nos ayudan a entender como somos y proyectar como seremos.
Por ejemplo, números del INEGI también indican que el 11% de las personas mayores viven solas. Según datos de 2014, más de la mitad los ingresos a los hospitales por hipertensión arterial fueron personas adultas mayores. Además, mueren más mujeres que hombres mayores de 70 años por este padecimiento.

La encuesta también señala que a inicios del 2016 solo el 30% de las personas de 60 años y más tenía trabajo. Además, casi el 30% de las personas en ese sector de población tiene algún tipo de discapacidad.

Cuando llegue el momento, quiero ser una persona que ya no tiene trabajo porque estaré disfrutando de una merecida jubilación; quiero acudir a los centros médicos para confirmar la buena salud; quiero que los encuentros con hijos e hijas sean para convivir y celebrar la vida y no alrededor de una cama de hospital.

Sin embargo, sé que en este momento en este país, no todas las personas adultas mayores gozan de las condiciones que les aseguren una vida en condiciones dignas. La falta de trabajo hace imposible la obtención de jubilación o pensión; no hay medios suficientes para asegurar, por lo menos, alimentación, vestido y techo. Además, el cansancio de quienes deberían ver la tarea de cuidar a sus mayores con entusiasmo se convierte en frustración e impotencia. Vale mencionar que las políticas públicas existentes no garantizan vida digna a quienes más la necesitan.

Por eso me gusta la idea de mi amigo Esteban, comunidades en las que vivir la última etapa de la vida sea algo digno y de merecido gozo.

Porque para todos la vejez está a la vuelta de cualquier esquina.

@SylviaT sylvia283@hotmail.com